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Vivero de invierno: donde la tierra aún canta


Cuando el valle baja el ritmo y el aire se vuelve más nítido, nuestro vivero entra en una estación diferente. No es un tiempo de silencio. Es un tiempo de susurros. La naturaleza habla más bajito, pero sigue trabajando con la paciencia de quien sabe que todo tiene su momento.

El invierno no es escasez. Es delicadeza.Y nuestras verduras de invierno son la mejor prueba.

En los bancales, los verdes se vuelven más profundos. Las coles rizadas parecen pequeñas esculturas creadas por el frío. La lechuga crece recogida, suave, como si se abrazara a sí misma. El brócoli asoma en silencio, serio y generoso. Los puerros se mantienen firmes y orgullosos, clavados en la tierra como guardianes del huerto. Las acelgas pintan el paisaje de rojos y amarillos que resisten a la bruma de la mañana.

El frío hace su magia.Las verduras crecen más despacio, pero su sabor se intensifica. Todo es más dulce. Más honesto. Más real.

Nos gusta pensar que estas verduras guardan la esencia del invierno: calma, profundidad, raíces que no se ven pero que sostienen la vida. Cada hoja, cada tallo, cada gota de rocío habla de un proceso sencillo y antiguo. Sembrar. Cuidar. Agradecer.

Nuestro vivero no es solo producción. Es un pequeño laboratorio de paciencia. Aquí escuchamos la tierra. Observamos. Aprendemos. Y después trasladamos toda esa vida a vuestras mesas, en nuestro restaurante y también en los platos que os lleváis en el recuerdo.

Comer verduras de invierno es participar de un ritmo natural que nos invita a bajar marchas. A mirar el paisaje. A respirar más hondo. A reconectar con algo muy básico y muy verdadero.

Porque en el fondo, cada col, cada lechuga, cada puerro, no es solo comida. Es una pequeña historia de amor entre la tierra y el tiempo.

Y aquí, en nuestro vivero, esa historia continúa. Incluso en invierno.O quizá, sobre todo, en invierno.



 
 
 

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